Música Electrónica

  • Pink Floyd | Their Mortal Remains Exhibition (2017)

    Tienes una cita en Londres…
    Con los restos mortales de Pink Floyd…
    Aquí…

    En uno de los museos más bonitos del mundo…

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  • Harold Budd & Robin Guthrie | After the Night Falls

    Harold Budd & Robin Guthrie | After the Night Falls (2007)
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    Otro disco para flotar en el espacio con el compositor norteamericano Harold Budd, que trae con su piano los aires desérticos de su Desierto de Mojave natal, acompañado por el multiinstrumentista escocés Robin Guthrie. Una delicia para dejar correr las horas.

  • Gone Girl | Trent Reznor & Atticus Ross

    Gone Girl | Trent Reznor & Atticus Ross (2014)
    Banda Sonora Original de la película dirigida por David Fincher
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    Una banda sonora sorprendente para los amantes de la música electrónica ambient. Sorprendente porque uno de los compositores e intérpretes, Trent Reznor, era el líder del grupo de rock industrial Nine Inch Nails, cuyo sonido sucio dañaba mis oidos en los 90, ahora reconvertido, probablemente por la edad, en un sofisticado compositor de ambientes sugerentes y melodiosos. Reznor & Ross han compuesto además las bandas sonoras de “The Social Network” y del documental ambientalista de moda: “Before The Flood”.

     

  • Aphex Twin | SELECTED AMBIENT WORKS. VOLUME II (1994)

    Aphex Twin | SELECTED AMBIENT WORKS. VOLUME II (1994)
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    En estos días estoy descubriendo la discografía del irlandés Aphex Twin, sin duda uno de los artistas más interesantes y prolíficos de la electrónica actual. Aquí os dejo esta pequeña perla, de casi 9 minutos, de uno de sus discos más intimos.

  • György Ligeti | Poema sinfónico para 100 Metrónomos (1962)

    Comienza en en el minuto 1:20 y termina en el 7:07.
    Seis minutitos de lluvia torrencial. (Puro ritmo o puro metrónomo, según se mire)

  • Historia de la Música Electrónica y Electroacústica (1937-2001)

    Historia de la Música Electrónica y Electroacústica || History of Electronic / Electroacoustic Music (1937-2001)
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    Impresionante trabajo de recopilación de 476 obras destacadas de la música electrónica a lo largo de casi 70 años, disponible al alcance de un solo click, aquí:

    http://ubu.com/sound/electronic.html

  • Música sin ritmo | Sobre algunas músicas contemporáneas

    Me pide el amigo JLG, del FB, que le diga mi opinión sobre si se puede considerar música lo que no tiene ritmo. Complicada labor para alguien que no es más que un aficionado, sin embargo lo voy a intentar.

    La música más primitiva era el tam-tam y era puro ritmo (incluso hay un video de un arqueólogo circulando por la red que ha hecho un xilófono de piedra, que habría que llamar petreófono, con el que saca sonidos realmente interesantes). Ahí empezó todo, nada de armonía y mucho ritmo.

    La cosa evoluciona cuando se taladran unas cañas, se sopla por un extremo y sale un sonido fluido, como el viento entre las ramas, con el que se organizan sonidos que podríamos llamar armónicos y con eso —y unas arpas con mínimas cajas de resonancia— se van a apañando hasta más allá de la cultura helenística.
    Luego —en Occidente al menos— se produce la hegemonía de lo que se llamó música sacra, sobre todo vocal y encerradita en los templos, en la que los instrumentos eran meros telones de fondo para los salmos entonados con los ojos en blanco. La voz humana siguiendo una pauta escrita previamente. Es el triunfo definitivo de la armonía. El tambor sólo lo tocaban los pobres y los ejércitos cuando marchaban por los innumerables campos de batalla que se prolongaron hasta las puertas de Renacimiento en el que parece que ya hay laúdes con finas sonoridades, vihuelas de muchas cuerdas y otros instrumentos altamente refinados y ya está casi todo dicho —al menos en Occidente —.

    Al margen de la música popular, voz, guitarra y percusión, que seguía llenando las tabernas y los cruces de caminos, me da la impresión que son los ingleses en su Renacimiento, a mediados del 1500 aproximadamente, la época de Elisabeth I, con un compositor tan lúcido como John Dowland, los que empiezan a considerar la música como algo refinado y digno de estar en las cortes y los salones —y no solo en las iglesias y los conventos—, los compositores son subvencionados para trabajar al servicio de los nobles y surge la música culta y privada, probablemente en 1600 con Purcell y sus congéneres (mientras Vivaldi y Bach en el continente están poniendo todo patas arriba), después ya viene Handel y su “Música Acuática” a principios de 1700 y, entre unas cosas y otras, queda el camino sembrado para una música al servicio de cualquiera que pueda hacerse con una partitura y tocar mínimamente un instrumento.

    Para el inicio del 1800 ya se había inventado el metrónomo como lo conocemos hoy en día y la mayoría de los nombres que llenan las enciclopedias musicales ya habían nacido, dado su aporte a este edificio monumental y muerto con más o menos fortuna.

    En qué poquito tiempo ha pasado todo, ¿verdad?

    Desde que todo era ritmo en la prehistoria, pasando por cuando se crea la armonía y llegando hasta ahora, a estos tiempos extraños en los que se dice que es posible que la ausencia de alguno de estos factores no afecte sustancialmente para que siga habiendo música.

    Todo esto para decir que yo pienso que sí es posible que haya música sin ritmo, simplemente por el hecho de que los tiempos y las denominaciones que fijan las ortodoxias pasan, como pasó el Imperio Romano.

    Valgan como ejemplos algunas de las músicas compuestas por Brian Eno (últimamente creando música generativa, creada con ayuda de un programa informático y que al escucharse en dicho programa, usando las pautas que generó el compositor, suena cada vez distinta), de grupos de experimentación sonora —con décadas de trabajo a sus espaldas y muchos discos grabados— como Stars of The Lid con su música “drone” (es decir pura electrónica, sin percusión, sin bajos rítmicos ni instrumentos solistas o voces que destaquen. Un todo continuo simple, mecánico e hipnótico alejado de toda consideración musical en el sentido convencional, sin embargo dotado de un sentido armónico que lo transforma en un paisaje de fondo, grato y sugestivamente creativo), o el compositor Max Richter (con gran parte de su obra editada en el sello de música “clásica”, Deutsche Grammophon) con composiciones como “Moth-like stars” o “Space 26”, ambas de su álbum “Sleep”, basadas únicamente en pulsiones electrónicas para crear un paisaje sonoro, piezas que, desde luego, se salen del parámetro canónico, puesto que no responden a la esclavitud métrica marcada por el metrónomo. Valgan estos tres ejemplos, entre otros muchísimos artistas sonoros que están investigando (y creando) música carente de ritmo, al menos como se entiende en el sentido convencional.

    Hay que mirar (y escuchar) hacia adelante. Siempre hacia adelante.

    Recordemos qué ocurrió en el s.XIX con la pintura Impresionista (hoy considerada por todos los modernos como un arte burgués y decadente) que, cuando comenzó a abrirse paso y tener visibilidad, los académicos la consideraron una aberración, diciendo que esos pintores no se podían considerar artistas sino salvajes ignorantes que manchaban lienzos.
    No vayamos a caer en los mismos errores tan solo por creer que lo que conocemos es lo único bueno y lo que merece ser aceptado, ya que estaríamos cayendo en actitudes que nos avergüenzan en otros y que nos producen risa. Como en «En busca del tiempo perdido» de Proust, el grito en el cielo que lanzan los Verdurin cuando ven por primera vez un cuadro Impresionista y que, cuando dicho movimiento se había consagrado, pocos años después, alardeaban de ser coleccionistas de cuadros de este estilo de pintura incluso antes de que este existiera.
    Los ejemplos que puedo poner con respecto al paralelismo de la música con las artes plásticas son infinitos, porque es más mi terreno, y que empiezan aproximadamente al inicio de los tiempos. ¿Cuántas críticas tuvo que soportar El Greco y sus cielos verdes? ¿Cuántos desplantes Goya por su populismo, chabacano a los ojos de los aristócratas?. A Corot los académicos lo consideraban un pintor impresentable, acusándolo de pintar a las modelos con los pies sucios (por su afición a los tonos grises y tierra), Dalí directamente fue expulsado de Bellas Artes de Madrid por descalificar a un tribunal de profesores, eso por no hablar de la vida de mierda de artistas considerados genios hoy en día, como Modigliani o Vincent…

    Igual que cuando apareció el Cubismo, ya casi en s. XX, que ocurrió otra vez ídem de ídem y, sin irnos tan allá, opiniones como las que escuchas cualquier día que estás haciendo una visita a las salas de la cuarta planta del Museo Reina Sofía, ante los cuadros de Joan Miró (¡todavía a día de hoy!) tienes que oír rebuznos del calibre de: “¡Esto mi nieto lo pinta mejor!”. Incluso tratándose de un artista español inmortal, ascendido al Olimpo del arte en el mundo entero y viene un señor, aficionado a la pintura realista (o probablemente no aficionado a ninguna pintura), que se permite opinar de este modo porque, a su manera, lo considera “poco canónico” solo por el hecho de que “no se sabe qué es eso que está pintado en el cuadro” o, todavía más peregrinamente, ignora “lo que el pintor quiso decir”. Ideas que nos retraen el pleistoceno de la cultura occidental, por tanto no pienso discutir con nadie en términos de música canónica —cargados como vienen de argumentos de hace quinientos años como ritmo, proporcionalidad y cadencia— porque me están demostrando que su cultura de música clásica se limita a las colecciones por fascículos que edita Sarpe Ediciones, colecciones en las que todavía no aparece un genio de la magnitud monumental de Erik Satie, porque todavía lo consideran demasiado moderno.

    Eso sí que es demasiado para mí.

    A los jóvenes que quieran iniciarse en la música hay que decirles que no hagan caso de nadie, que disfruten de lo que hace gozar sus oídos (y a la mayoría de hecho no hay que decírselo, que ya lo hacen por su propia cuenta y riesgo) y que si, además de gustarles la música se sienten con capacidad para interpretarla, lo pongan en práctica y lo experimenten, precisamente ahora que tienen innumerables herramientas que nosotros ni siquiera soñábamos con tener.

    Espero no haber hecho demasiadas disgresiones y haber respondido, al menos en parte, a la pregunta.

    Un saludo.

    Luis

  • Bar Kokhba Sextet (John Zorn) | Lucifer: Book of Angels, Volume 10 (2008)

    ¿Preparados para dejarse sorprender y para hacerse adictos a un sonido?

    No digo más

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  • Max Richter | The Blue Notebooks (2004)

    Un regalo musical rico y sencillo, aquí, al alcance de la mano. Un piano solo, algunos violines, quizás el canto de un pájaro, y unas voces sugerentes —casi un murmullo—.

    No hace falta nada más en una noche fría como esta.
    47 minutos de vivencias sensoriales al otro lado de la realidad.

  • sobre el álbum «Reflection» de Brian Eno (2017)

    Empiezo diciendo que mis conocimientos musicales son de aficionado, por tanto, por favor, corríjanme si me equivoco: el software que comentaba ayer, el SSEYO Kone, que se empezó a desarrollar en los años 90, (y con el que Eno compuso el disco «Generative Music 1») es capaz de generar una estructura musical a partir de unas pautas —ritmos, normas y sonoridades—, que se le introducen y con ellas construir combinaciones distintas con las que el compositor puede trabajar, eligiendo aquellos fragmentos que resultan más interesantes para el objetivo buscado. A todo esto hay que añadir que dicho programa está dotado a su vez de un reproductor (aplicaciones que actualmente se encuentran para su descarga para dispositivos móviles, sobre todo, y más completos, para dispositivos Apple) al que puedes «cargar» uno de estos temas musicales previamente compuestos para dicho sistema y, seleccionando en su tablero digital determinados parámetros, poner en marcha una pieza distinta cada vez que la oyes, porque el dispositivo va seleccionando los elementos como entes independientes susceptibles de ser mezclados en un bucle infinito. La empresa que desarrolló dicho software se llama Intermorphic, en estos últimos tiempos ya que hace algunos años cambió de nombre, y uno de sus reproductores (o generadores) más célebres es el Mixtikl y atiende a la denominación de Generative Music Generator.
    Brian Eno, que es uno de los pocos compositores que ha trabajado con estos generadores, ha compuesto ya unas cinco piezas que están disponibles en

    http://www.generativemusic.com/scape.html.

    Este último disco, «Reflection», que era de lo que veníamos a hablar, está diseñado o generado de este modo y se supone que pasará a formar parte de esta lista de aplicaciones musicales que cada vez que las reproduzcas en un Mixtikl sonará distinta. Se trata de una composición drone, es decir pura electrónica, sin percusión, sin bajos rítmicos ni instrumentos solistas o voces que destaquen. Es un todo continuo simple, mecánico e hipnótico alejado de toda consideración musical en el sentido convencional pero sin embargo dotado de un sentido armónico que lo transforma en un ruido de fondo, grato y sugestivamente creativo. Esta creación está emparentada directamente con otras tres composiciones de Eno («Tuesday Afternoon», «Neroli» y «Lux») de las que soy un ferviente admirador y escuchador, así como con algunos de sus paisajes sonoros para instalaciones artísticas.

    A raíz de este disco Brian Eno ha dicho que cree que las consideraciones del término «Ambient» se han vuelto muy difusas y que estas composiciones drone entrarían más dentro de una categoría que él ha llamado Thinking Music (Música para Pensar).
    A mí, personalmente, me parece que es una música para todo lo contrario, es Música para No Pensar, es música para concentrarte, sí, pero no en ideas profundas sino en gestos profundos, en movimientos precisos y la primera «utilidad» que me viene a la mente de estas composiciones es la de acentuar la concentración en tu hobby favorito, ya sea este los trabajos manuales, cocinar, la mecánica, la jardinería o rellenar crucigramas y, sobre todo y desde luego, más que nada, es la música perfecta para trabajar. Y no es raro viniendo de un artista con una pulsión creadora aparentemente inagotable —y llena de matices y sugerencias— que a sus casi 70 años sigue estando a la vanguardia del arte sonoro.

  • Brian Eno | Generative Music 1 (1996)

    Empecemos el año 2017 con algo del futuro pasado. Hace veinte años Brian Eno grabó este disco, que se distribuyó en un “floppy disk” (el sistema de grabación digital y transporte masivo de datos del pasado) con las primeras piezas de «música generativa», grabadas con el software SSEYO Koan, un programa que, a partir de una base previa, generaba infinitas variaciones a la composición en todas sus posteriores escuchas. Yo he empezado el año aprendiendo algo sobre esto.

    Próximamente comentaré algunas cosas sobre «Reflection», el nuevo disco de Brian Eno compuesto también con la (incansable) colaboración de una máquina generativa y que se ha empezado a distribuir pasada la medianoche de hoy, primer día del año, (y que yo ya he comprado on-line y escuchado con detenimiento).

    Disfruten mientras tanto de estos primeros, deliciosos, balbuceos de la música drone antes de que sea demasiado tarde.

  • Brian Eno | I Dormenti (1999)


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    Si quieren tener ustedes felices sueños esta noche y mejores despertares mañana, regálense el oído y escuchen un poquito de esta preciosa obra minimalista, creada por Brian Eno hace ya casi dieciocho años para la instalación de esculturas ‘I Dormienti’ —Los durmientes— del artista italiano Mimmo Paladino.

    40 minutos de música tranquila, perfectos para acompañar una buena cena, por ejemplo.

  • Malcolm McLaren | Paris (CD2)

    Malcolm McLaren, además de ser el manager y agente de los Sex Pistols y compartir taller de costura e imperdibles con Vivienne Westwood, musa del punk londinense, fue uno de los actores importantes en dar al hip-hop el prestigio que necesitaba. Quizás por todo esto a mí nunca me interesó demasiado, sin embargo McLaren también es el artista que creó el disco «Paris» (1994), una de las obras electrónicas más ricas y complejas que se han hecho en Europa. El caso es que ahora, después de llevar quince años oyéndolo, me entero que existe un «CD2», que salió en una edición deluxe, posterior a la que yo tengo, en el que se encuentra resumido todo el disco original pero sin apenas acompañamiento vocal. Las voces femeninas (Francoise Hardy, Amina y la seductora Catherine Deneuve) han desaparecido y eso lo hace especialmente grato porque es una especie de techno-house-muzak que llega a ser bailable incluso a veces.

    Disfruten, por favor, sin prejuicios de los 46 minutos de este pedazo de obra, que contiene además notables citas a la música inconfundible del maestro Erik Satie.

  • Brian Eno | Fickle Sun (iii) I’m Set Free

    Este mismo año 16 del nuevo milenio, en su disco «The Ship», Brian Eno vuelve a ponerse delante del micrófono para delicia de sus fans —mientras esperamos a que el 1 de enero de este próximo año 17 salga su «Reflections»— y tras al menos once años de discos instrumentales. El tema que os sugiero que escuchéis es este con el que termina el disco, una cover de una canción legendaria de The Velvet Underground, donde Eno acierta de lleno acentuando el tono melancólico y reposado de la versión original, en la que Lou Reed prácticamente imita a Nico cuando la interpreta.
    Una delicia, de apenas 5 minutos, para sentirse libre en días grises como este.

  • Clint Mansell | Moon

    Si te mencionan las pelis «The fountain», «Pi», «Requiem for a Dream», «Black Swan» o la mucho más comercial (y bíblica) «Noah», encontrarás que todas tienen algo en común y es la música de Clint Mansell, un compositor que también posee el curioso record de haber compuesto el tema musical que más veces se ha usado en trailers de películas sin que luego este tema aparezca en la banda sonora ni en la película, que es la extraordinaria composición «Lux Aeterna», tema recurrente en el score de la perturbadora «Requiem for a Dream». Sin embargo es en «Moon» —dirigida por Duncan Jones— donde Mansell llega a la cima, encuentrando el equilibrio entre la vanguardia electrónica y los instrumentos clásicos para crear el decorado sonoro, relajado e inquietante a la vez, que era imprescindible para vestir esa joya minimalista de difícil clasificación que era «Moon».
    55 minutos de música inteligente y sutil en el más sencillo de los envoltorios. Ideal para leer y dejar pasar el tiempo en tu estación espacial imaginaria.

  • Jun Miyake | The Here And After

    Este tema del compositor japonés Jun Miyake —pieza fundamental de la banda sonora del documental «Pina», dirigido por el alemán Win Wenders—, tiene una cualidad única, que pocas veces ocurre, y es que un tema musical se quede grabado en la memoria con la persistencia de este y que, pasado el tiempo, te siga proyectando las imágenes mágicas de los bailarines de «Pina» directamente en el cerebro.
    5 minutos verdaderamente inolvidables.

  • Matthew Herbert | Bodily Functions (2001)

    Como ya he mencionado al británico Matthew Herbert en otra recomendación musical reciente —la de Julia Kent— traigo ahora, por alusiones, su álbum «Funciones Corporales» que, de todos sus discos, es mi favorito.

    Para que se me entienda empiezo diciendo que Matthew Herbert es uno de los artistas del sampler y de las construcciones sonoras más sofisticados de Europa.

    Cuando este disco llegó por casualidad a mis manos, el mismo año 2001 en que se editó, me quedé maravillado de cómo este artista transmitía sus emociones combinando los elementos sonoros más simples así es que, para compartirlo, hice copias en CD —que era lo que se hacía entonces— que regalé a mis amigos con los deseos de iniciar un año 2002 con alegría. La respuesta mayoritaria fue «¡Pero esto que me has regalado es música disco!» y, en resumidas cuentas, a nadie le gustó. Eso que mis amigos entendieron como música de discoteca era música eléctrónica, sí, básicamente, pero esto es otra cosa, esto no es «para bailar», esto es para escuchar con atención. Ahora veo que lo llaman Deep House o Down Tempo y ambos términos me parecen deliciosos pero son solo etiquetas. Herbert es un artista experimentador del sonido y de la voz humana en estado puro y en este álbum hipnótico acierta de lleno en todos los temas, rebosantes de una intimidad cercana al jazz más puro. Cuando por fin tuve ocasión de ver a Herbert «tocando» su música en un escenario —en el Sonar de Barcelona con su fantástico proyecto de Big Band (una banda jazzística, a su manera) junto a Arto Lindsay y Dani Siciliano— esto no solo se confirmó ampliamente sino que entendí mucho mejor su trabajo e hizo que me gustara todavía más.

  • Brian Eno & Harold Budd | Ambient 2 – The Plateaux Of Mirror (1980)


    El espacio terrestre se reencuentra con el lugar donde trascurren los sueños. Un mapa que se transforma en un territorio. La unión de dos espíritus libres. Una de las obras fundamentales del sonido «ambient» y que marcó el devenir de la música electrónica de los siguientes años.
    Paz, alegría y libertad de movimientos durante 40 minutos etéreos.