Textos

  • Stefan Zweig lo escribó así… (en 1941)

    «En aquél verano de 1936 había estallado la guerra civil española, la cual, vista superficialmente, solo era una disensión interna en el seno de ese bello y trágico país, pero que, en realidad, era una ya una maniobra preparada por las dos potencias ideológicas con vistas a su futuro choque. Había salido yo de Southampton en un barco inglés con la idea de que el vapor evitaría la primera escala, Vigo, para eludir la zona en conflicto. Sin embargo, y para mi sorpresa, entramos en este puerto e incluso se nos permitió a los pasajeros bajar a tierra durante unas horas. Vigo se encontraba entonces en poder de los franquistas y lejos del escenario de la guerra propiamente dicha. No obstante, en aquellas pocas horas pude ver cosas que me dieron motivos justificados para reflexiones abrumadoras. Delante del ayuntamiento, donde ondeaba la bandera de Franco, estaban de pie y formados en fila unos jóvenes, en su mayoría guiados por curas y vestidos con sus ropas campesinas, traídos seguramente de los pueblos vecinos. De momento no comprendí para qué los querían, ¿Eran obreros reclutados para un servicio de urgencia? ¿Eran parados a los que allí les daban de comer? Pero al cabo de un cuarto de hora los vi salir del ayuntamiento completamente transformados. Llevaban uniformes nuevos y relucientes, fusiles y bayonetas; bajo la vigilancia de unos oficiales fueron cargados en automóviles igualmente nuevos y relucientes y salieron como un rayo de la ciudad. Me estremecí. ¿Dónde lo había visto yo antes? ¡Primero en Italia y luego en Alemania! Tanto en un lugar como en otro habían aparecido de repente estos uniformes nuevos e inmaculados, los flamantes automóviles y las ametralladoras. Y una vez más me pregunté: ¿quién proporciona y paga estos uniformes nuevos? ¿Quién organiza a esos pobres jóvenes anémicos? ¿Quién los empuja a luchar contra el porder establecido, contra el parlamento elegido, contra los representantes legítimos de su propio pueblo? Yo sabía que el tesoro público estaba en manos del gobierno legítimo, como también los depósitos de armas. Por consiguiente, esas armas y esos automóviles tenían que haber sido suministrados desde el extranjero y sin duda habían cruzado la frontera desde la vecina Portugal. Pero, ¿quién los había suministrado? ¿Quién los había pagado? Era un poder nuevo que quería el dominio, el mismo poder que actuaba aquí y allá, un poder que amaba la violencia y que consideraba debilidades anticuadas todas las ideas que nosotros profesábamos y por las cuales vivíamos: paz, humanidad, entendimiento mutuo. Eran grupos secretos, escondidos en sus despachos y consorcios, que cínicamente se aprovechaban del idealismo ingenuo de los jóvenes para sus ambiciones de poder y sus negocios. Era una voluntad de imponer la fuerza que, con una técnica nueva y más sutil, quería extender por nuestra infausta Europa la vieja barbarie de la guerra. Una sola impresión óptica, sensorial, siempre causa más impacto en el alma que mil opúsculos y artículos de periódico. Y en el momento en que vi como instigadores ocultos proveían de armas a aquellos muchachos jóvenes e inocentes y los lanzaban contra muchachos también jóvenes e inocentes de su propia patria, tuve el presentimiento de lo que nos esperaba, de lo que amenazaba a Europa. Cuando al cabo de unas horas de parada, el barco desatracó de nuevo, corrí a mi camarote. Me resultaba demasiado doloroso seguir viendo ese hermoso país que había caído víctima de una horrible desolación por culpa de otros; Europa me parecía condenada a muerte por su propia locura, Europa, nuestra santa patria, cuna y partenón de nuestra civilización occidental.»

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    Stefan Zweig. “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” (1941) Ed. Acantilado

  • HENRY MILLER lo dijo así…

    «El artista pertenece a la raíz X de la raza humana; es el microbio espiritual, por decirlo así, que se transmite de una raíz de la raza a otra. El infortunio no lo aplasta, porque no forma parte del orden de cosas físico, racial. Su aparición coincide siempre con la catástrofe y la disolución; es el ser cíclico que vive en el epiciclo. La experiencia que adquiere nunca la usa para fines personales; está al servicio del objetivo más amplio al que va engranado. No se le escapa nada, por insignificante que sea. Si se ve obligado a interrumpir durante veinticinco años la lectura de un libro, puede proseguir a partir de la página que quedó, como si nada hubiera ocurrido en el intervalo. Todo lo que ocurre en el intervalo, que es la “vida” para la mayoría de la gente, es una mera interrupción en su avance. La eternidad de su obra, cuando se expresa, es un mero reflejo del automatismo de la vida en que se ve obligado a permanecer aletargado, un durmiente en la espalda del sueño, en espera de la señal que anuncie el momento del nacimiento. Esa es la cuestión importante, y eso siempre estuvo claro para mí, aun cuando lo negaba. La insatisfacción que le impele a uno de una palabra a otra, de una creación a otra, es simplemente una protesta contra la futilidad del aplazamiento. Cuando más despierto llega uno a estar, cuanto más se vuelve un microbio artístico, menos deseo tiene de nada. Completamente despierto, todo es justo y no hay necesidad de salir del trance. La acción, tal como se expresa en la creación de una obra de arte, es una concesión al principio automático de la muerte»
    (Trópico de Capricornio. 1938)
  • Música sin ritmo | Sobre algunas músicas contemporáneas

    Me pide el amigo JLG, del FB, que le diga mi opinión sobre si se puede considerar música lo que no tiene ritmo. Complicada labor para alguien que no es más que un aficionado, sin embargo lo voy a intentar.

    La música más primitiva era el tam-tam y era puro ritmo (incluso hay un video de un arqueólogo circulando por la red que ha hecho un xilófono de piedra, que habría que llamar petreófono, con el que saca sonidos realmente interesantes). Ahí empezó todo, nada de armonía y mucho ritmo.

    La cosa evoluciona cuando se taladran unas cañas, se sopla por un extremo y sale un sonido fluido, como el viento entre las ramas, con el que se organizan sonidos que podríamos llamar armónicos y con eso —y unas arpas con mínimas cajas de resonancia— se van a apañando hasta más allá de la cultura helenística.
    Luego —en Occidente al menos— se produce la hegemonía de lo que se llamó música sacra, sobre todo vocal y encerradita en los templos, en la que los instrumentos eran meros telones de fondo para los salmos entonados con los ojos en blanco. La voz humana siguiendo una pauta escrita previamente. Es el triunfo definitivo de la armonía. El tambor sólo lo tocaban los pobres y los ejércitos cuando marchaban por los innumerables campos de batalla que se prolongaron hasta las puertas de Renacimiento en el que parece que ya hay laúdes con finas sonoridades, vihuelas de muchas cuerdas y otros instrumentos altamente refinados y ya está casi todo dicho —al menos en Occidente —.

    Al margen de la música popular, voz, guitarra y percusión, que seguía llenando las tabernas y los cruces de caminos, me da la impresión que son los ingleses en su Renacimiento, a mediados del 1500 aproximadamente, la época de Elisabeth I, con un compositor tan lúcido como John Dowland, los que empiezan a considerar la música como algo refinado y digno de estar en las cortes y los salones —y no solo en las iglesias y los conventos—, los compositores son subvencionados para trabajar al servicio de los nobles y surge la música culta y privada, probablemente en 1600 con Purcell y sus congéneres (mientras Vivaldi y Bach en el continente están poniendo todo patas arriba), después ya viene Handel y su “Música Acuática” a principios de 1700 y, entre unas cosas y otras, queda el camino sembrado para una música al servicio de cualquiera que pueda hacerse con una partitura y tocar mínimamente un instrumento.

    Para el inicio del 1800 ya se había inventado el metrónomo como lo conocemos hoy en día y la mayoría de los nombres que llenan las enciclopedias musicales ya habían nacido, dado su aporte a este edificio monumental y muerto con más o menos fortuna.

    En qué poquito tiempo ha pasado todo, ¿verdad?

    Desde que todo era ritmo en la prehistoria, pasando por cuando se crea la armonía y llegando hasta ahora, a estos tiempos extraños en los que se dice que es posible que la ausencia de alguno de estos factores no afecte sustancialmente para que siga habiendo música.

    Todo esto para decir que yo pienso que sí es posible que haya música sin ritmo, simplemente por el hecho de que los tiempos y las denominaciones que fijan las ortodoxias pasan, como pasó el Imperio Romano.

    Valgan como ejemplos algunas de las músicas compuestas por Brian Eno (últimamente creando música generativa, creada con ayuda de un programa informático y que al escucharse en dicho programa, usando las pautas que generó el compositor, suena cada vez distinta), de grupos de experimentación sonora —con décadas de trabajo a sus espaldas y muchos discos grabados— como Stars of The Lid con su música “drone” (es decir pura electrónica, sin percusión, sin bajos rítmicos ni instrumentos solistas o voces que destaquen. Un todo continuo simple, mecánico e hipnótico alejado de toda consideración musical en el sentido convencional, sin embargo dotado de un sentido armónico que lo transforma en un paisaje de fondo, grato y sugestivamente creativo), o el compositor Max Richter (con gran parte de su obra editada en el sello de música “clásica”, Deutsche Grammophon) con composiciones como “Moth-like stars” o “Space 26”, ambas de su álbum “Sleep”, basadas únicamente en pulsiones electrónicas para crear un paisaje sonoro, piezas que, desde luego, se salen del parámetro canónico, puesto que no responden a la esclavitud métrica marcada por el metrónomo. Valgan estos tres ejemplos, entre otros muchísimos artistas sonoros que están investigando (y creando) música carente de ritmo, al menos como se entiende en el sentido convencional.

    Hay que mirar (y escuchar) hacia adelante. Siempre hacia adelante.

    Recordemos qué ocurrió en el s.XIX con la pintura Impresionista (hoy considerada por todos los modernos como un arte burgués y decadente) que, cuando comenzó a abrirse paso y tener visibilidad, los académicos la consideraron una aberración, diciendo que esos pintores no se podían considerar artistas sino salvajes ignorantes que manchaban lienzos.
    No vayamos a caer en los mismos errores tan solo por creer que lo que conocemos es lo único bueno y lo que merece ser aceptado, ya que estaríamos cayendo en actitudes que nos avergüenzan en otros y que nos producen risa. Como en «En busca del tiempo perdido» de Proust, el grito en el cielo que lanzan los Verdurin cuando ven por primera vez un cuadro Impresionista y que, cuando dicho movimiento se había consagrado, pocos años después, alardeaban de ser coleccionistas de cuadros de este estilo de pintura incluso antes de que este existiera.
    Los ejemplos que puedo poner con respecto al paralelismo de la música con las artes plásticas son infinitos, porque es más mi terreno, y que empiezan aproximadamente al inicio de los tiempos. ¿Cuántas críticas tuvo que soportar El Greco y sus cielos verdes? ¿Cuántos desplantes Goya por su populismo, chabacano a los ojos de los aristócratas?. A Corot los académicos lo consideraban un pintor impresentable, acusándolo de pintar a las modelos con los pies sucios (por su afición a los tonos grises y tierra), Dalí directamente fue expulsado de Bellas Artes de Madrid por descalificar a un tribunal de profesores, eso por no hablar de la vida de mierda de artistas considerados genios hoy en día, como Modigliani o Vincent…

    Igual que cuando apareció el Cubismo, ya casi en s. XX, que ocurrió otra vez ídem de ídem y, sin irnos tan allá, opiniones como las que escuchas cualquier día que estás haciendo una visita a las salas de la cuarta planta del Museo Reina Sofía, ante los cuadros de Joan Miró (¡todavía a día de hoy!) tienes que oír rebuznos del calibre de: “¡Esto mi nieto lo pinta mejor!”. Incluso tratándose de un artista español inmortal, ascendido al Olimpo del arte en el mundo entero y viene un señor, aficionado a la pintura realista (o probablemente no aficionado a ninguna pintura), que se permite opinar de este modo porque, a su manera, lo considera “poco canónico” solo por el hecho de que “no se sabe qué es eso que está pintado en el cuadro” o, todavía más peregrinamente, ignora “lo que el pintor quiso decir”. Ideas que nos retraen el pleistoceno de la cultura occidental, por tanto no pienso discutir con nadie en términos de música canónica —cargados como vienen de argumentos de hace quinientos años como ritmo, proporcionalidad y cadencia— porque me están demostrando que su cultura de música clásica se limita a las colecciones por fascículos que edita Sarpe Ediciones, colecciones en las que todavía no aparece un genio de la magnitud monumental de Erik Satie, porque todavía lo consideran demasiado moderno.

    Eso sí que es demasiado para mí.

    A los jóvenes que quieran iniciarse en la música hay que decirles que no hagan caso de nadie, que disfruten de lo que hace gozar sus oídos (y a la mayoría de hecho no hay que decírselo, que ya lo hacen por su propia cuenta y riesgo) y que si, además de gustarles la música se sienten con capacidad para interpretarla, lo pongan en práctica y lo experimenten, precisamente ahora que tienen innumerables herramientas que nosotros ni siquiera soñábamos con tener.

    Espero no haber hecho demasiadas disgresiones y haber respondido, al menos en parte, a la pregunta.

    Un saludo.

    Luis

  • Un texto de Brian Eno hablando del año 2016

    Brian Eno subió a su página el día 1 de enero de 2017 un texto hablando de la situación actual en el mundo que me ha parecido necesario traducir para que lo conozca más gente. Lo he traducido con ayuda de Google y mi pericia inventiva habitual, tratando de no distorsionar sus palabras, pero para que suenen bien en castellano. Ahí va.
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    2016/2017

    La mayoría de mis amigos está de acuerdo en que 2016 fue un año terrible y el comienzo de una larga decadencia que ni siquiera quieren imaginar.
    2016 fue un año muy difícil, pero me pregunto si es el final —no el principio— de esa larga decadencia. O por lo menos el principio del final… porque creo que hemos estado en decadencia durante unos 40 años, soportando un lento proceso de des-civilización, que realmente no he notado hasta ahora. Me recuerda la historia de la rana en la cacerola del agua de la calefacción.

    Este declinar incluye la transición del empleo seguro al empleo precario, la destrucción de los sindicatos y la reducción de los derechos de los trabajadores, los contratos de hora cero, el desmantelamiento del gobierno local, un servicio de salud desintegrado, un sistema de educación insuficiente gobernado por los resultados de los exámenes y notas medias, la estigmatización cada vez más aceptable de los inmigrantes, el nacionalismo precipitado y la concentración de prejuicios permitida por las redes sociales y por Internet.
    Este proceso de descivilización surgió de una ideología que se burlaba de la generosidad social y defendía una especie de egoísmo recto. (Thatcher: “La pobreza es un defecto de la personalidad.” Ayn Rand: “El altruismo es malo”). Este énfasis en el individualismo desenfrenado ha tenido dos efectos: la creación de una enorme cantidad de riqueza y la canalización de la misma en cada vez menos manos. En este momento las 62 personas más ricas del mundo son tan ricas como la totalidad de la mitad más pobre de habitantes del planeta. La fantasía de Thatcher/Reagan de que toda esta riqueza “fluiría” y enriquecería a todos los demás simplemente no ha ocurrido. De hecho ha ocurrido lo contrario: los salarios reales de la mayoría de personas han estado en declive durante al menos dos décadas, mientras que al mismo tiempo su perspectiva —y la perspectiva para sus hijos— parece cada vez más oscura. No es de extrañar que la gente esté enfadada y se aleje de las soluciones de siempre del gobierno. Cuando dichos gobiernos prestan más atención a quien tiene más riqueza las desigualdades que vemos ahora ridiculizan la idea de democracia. Como dijo George Monbiot: “La pluma puede ser más poderosa que la espada, pero el monedero es más poderoso que la pluma”.

    El año pasado la gente comenzó a despertar a esto. Muchos de ellos, en su enojo, cogieron el objeto más parecido a Trump y golpearon con él al Establishment en la cabeza. Pero eran sólo los despertares más llamativos y mediáticos. Mientras tanto, ha habido una agitación más silenciosa pero igualmente poderosa: la gente está reconsiderando lo que significa la democracia, lo que significa la sociedad y lo que necesitamos hacer para que funcionen de nuevo. La gente está pensando intensamente, y, lo más importante, pensando en voz alta, juntos. Creo que sufrimos una desilusión en masa en 2016 y nos dimos cuenta de que era hora de saltar de la sartén ardiendo.
    Este es el comienzo de algo grande. Implicará la participación: no sólo tweets y hacer click en un “me gusta”, sino también una acción social y una política reflexiva y creativa. Esto implicará darse cuenta de que algunas cosas que hemos dado por sentadas —como cierta apariencia de verdad en el periodismo, por ejemplo— ya no se puede esperar de forma gratuita. Si queremos buenos periódicos, con un buen análisis, tendremos que pagar por ello. Eso significa DINERO: apoyo financiero directo para las publicaciones y sitios web que luchan por contar la visión no-corporativa de la historia. De la misma manera, si queremos niños felices y creativos, tenemos que hacernos cargo de su educación, no dejarla a los ideólogos y a los que toman las decisiones. Si queremos generosidad social, entonces debemos pagar nuestros impuestos y deshacernos de los paraísos fiscales. Y si queremos a políticos que piensen, debemos dejar de apoyar a los que solo son carismáticos.

    La desigualdad devora el corazón de una sociedad, generando desdén, resentimiento, envidia, desconfianza, intimidación, arrogancia e insensibilidad. Si queremos cualquier clase de futuro decente tenemos que prescindir de todo eso y creo que estamos empezando a hacerlo.

    Hay tanto que hacer, tantas posibilidades, que 2017 tiene que ser un año sorprendente.

    Brian

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  • Las redes sociales, el individualismo y yo

    Se juntan varias cosas, por un lado viendo el documental sobre Steve Jobs «The Man in the Machine» (que desvela su perverso individualismo neo-místico, voraz y destructivo hacia todos los que le rodeaban) y reflexionando a la vez sobre las palabras de Zygmunt Bauman, a quién he descubierto a raíz de su muerte y a que, por obra y gracia del azar, al día siguiente de su fallecimiento vi otro documental, «The Swedish Theory of Love», este sobre la soledad de los suecos —en el que se hablaba sobre el individualismo como modelo institucional elegido por uno de los paises más desarrollados del planeta—, en el que casualmente aparecía este venerable filósofo polaco hablando sobre cómo las redes sociales han ido desdibujando la conexión real entre las personas sustituyéndola por otra comunicación virtual, carente de verdadera empatía…
    Vale, pero después de eso me observo a mí mismo y me veo que llego a una exposición de fotografía esta misma mañana y lo primero que hago es ponerme los auriculares y encender mi reproductor de música del teléfono porque no quiero oir los comentarios del típico listillo enterado que no falta en cada expo, que se ocupa de explicar a su círculo de amigos (de los que, por supuesto, siempre va acompañado) cómo se dibuja un pentágono perfecto o quién era Capablanca, a cuento de un alfil que había en una de las fotos, o cosas aún más peregrinas. O que cuando voy en el metro me voy al otro extremo del vagón, eso si no me cambio a otro, porque alguien está vociferando —en cualquier idioma— a su interlocutor lo bien que se lo ha pasado este finde o dónde se compró sus zapatillas de correr.
    Se habla de individualismo, sí, claro, pero no se puede generalizar porque “este mundo” es mucho mundo, digo yo. Importa también dónde se habla de individualismo ¿en medio de los campos de Soria que cantó Machado o en pleno centro de este Madrid del que Valle-Inclán renegó? Si el primero puede ser más o menos patológico el otro es puritita supervivencia. Y a continuación pienso si no será que a este mundo cruel llegó primero el individualismo, así, sordo, sin paliativos, el que grita crudamente “estoy harto de todo” con ese deseo de apartarse del ruido mundano que afecta al oído interno (el de la armonía estética) en medio de la batahola de las ciudades actuales y que luego, para dulcificarlo, llegaron las redes sociales… Porque, y me planteo seriamente, de verdad, ¿qué fue antes, las redes sociales o el feroz individualismo actual?
    Yo nunca he tenido muchos amigos, esa es la verdad, ni siquiera cuando era niño, no sé, lo de la pandilla y todo eso no era lo mío, de manera que todo lo que sea tener amigos, de mejor o peor calidad según los estandares al uso, para mí siempre es una novedad, sin embargo lo que sí puedo asegurar es que, viendo como va evolucionando la ciudad y la marabunta que la habita (y mi relación con ella), está claro que soy un individualista avant-la-red-social que ha descubierto una manera de no estar totalmente desconectado de mi generación —o incluso al corriente de una cierta actualidad que me pueda atañer, como la del mundo del arte o de los sonidos nuevos— primero, gracias a los blogs, hace más de diez años, y ahora por FB.
    Por tanto, concluyo que estar conectado con un cierto grupo humano de este modo, aunque resulte frívolo y superficial, ha obrado en contra de la opinión de los críticos (y filósofos) y que, al menos para mí, estar en la red y navegar por ella un ratito cada día, no me ha transformado precisamente en lo que llamaríamos un “animal social” pero sí a contribuido a des-individualizarme gratamente.

  • Sobre la POSTFOTOGRAFÍA

    Sobre la POSTFOTOGRAFÍA

    Tengo que decir que no me sorprende que gente más inteligente que yo haya hecho una reflexión notablemente más atinada que la mía a la hora de hablar de la fotografía actual y que cuando —al final de la página de fotografía de mi sitio web— yo digo claramente que no me considero un Fotógrafo sino más bien un «Fotografiador», venga ahora yo a descubrir que, hace ya tres o cuatro años, mi admirado Joan Fontcuberta acuñó el término «Postfotografía» para definir exactamente eso para lo que yo necesito diez veces más palabras: «soy uno que durante los últimos catorce años ha ido por la vida con una cámara casi a cualquier lugar, enfocando a distintos intereses…»

    Y, no solo eso, sino que en mi blog, iniciado en 2007 (y ahora clausurado), «Recuerdos a Olvidar» —en donde reproducía imágenes del absurdo cotidiano— hice alarde, sin saberlo, de ser un pre-postfotógrafo, ya que ese blog era diario y contenía solo fotografías hechas por mí mientras caminaba incansablemente, con mi cámara en el bolsillo, retratando todas las cosas absurdas con las que me cruzaba en la ciudad. Rótulos mal escritos, señales o carteles puestos al revés o significando lo contrario de lo que querían decir e imágenes que capturaba del ordenador con un sentido similar, cumpliendo, sin saberlo, con el precepto de Apropiacionismo, básico en la Postfotografía
    Pero, es más, tengo que añadir que este mismo año, apenas hace un par de meses, cuando regresé de mi último viaje, escribí en mi web recién terminada de hacer: «Ahora que mi cámara es mi memoria, dentro de poco este será uno de los escasos recuerdos que queden de mi último viaje», cumpliendo así, con nueve años por medio y sin todavía haber oído hablar de ella, otros dos de los preceptos fundamentales de la Postfotografía: primero, Fotografiar Para Olvidar y, después, Fotografiar Para Recordar.

    A todo esto todavía no tengo muy claro si es bueno sentirse reconocido en uno de los colectivos más numerosos que existen actualmente, el de los «Fotografiadores» (y este término sí que es mío y solo mío) y estar sintonizado con la Postfotografía, es decir, no ser más que un grano de arena en la playa o, peor aún, un grano de arena en el Océano, especialmente si ese océano tiene las proporciones gargatuescas que alcanzan los dilapidadores de JPGs —sean para olvidar o para recordar— hoy en día.

    Lo cierto es que Fontcuberta acuña el término, lo dignifica y además escribe un ensayo, «La Furia de las Imágenes», cuyo solo título pone los pelos de punta sobre todo porque creo, sinceramente, que no habrá vacuna para esta tecnopatología compulsiva.